07 septiembre 2010

DIAMANTE O DIAMANTE EN BRUTO – LA GUIA DE NICOLETTA PARA ELEGIR A TU FUTURO MARIDO




La mayoría de las mujeres sabemos muy poco de geología y menos aún de mineralogía. Sin embargo, al tratarse de diamantes, podemos dejar boquiabiertos a nuestros interlocutores con nuestros conocimientos técnicos sobre quilates, claridad, pureza, dureza, color y cortes. Lo que sucede es que amamos los diamantes con todo nuestro corazón. Su brillo nos hipnotiza y nos hace delirar de deseo. Si bien los diamantes en bruto nos impresionan por su grandeza, como aún no están cortados y tallados no tienen el brillo suficiente como para hacernos entrar en ese trance que nos producen sus versiones más pequeñas pero más llamativas. Por más de que un diamante en bruto tiene un potencial enorme para resplandecer en  un sinfín de posibilidades, no llegan a llamar nuestra atención como sus versiones menores de la alta joyería.

Los diamantes, piedras protagonistas de los anillos de compromiso soñados por toda las novias, son la analogía perfecta para referirnos a quienes los colocan en sus deditos anulares: los novios.

NOVIOS ZIRCONES: Antes que nada, creo conveniente empezar esta guía con una advertencia: NO OS DEJEIS EMBAUCAR CON VULGARES ZIRCONES. Los diamantes, como todas las cosas regias de la vida, tienen sus burdas imitaciones. No dejen que les vendan gato por liebre, o mejor dicho zircón por diamante. Recuerden que las apariencias engañan y si bien los novios zircones te pueden encandilar tanto como un auténtico diamante, en el fondo son tan truchos como las carteras Louis Trouchón que venden en el mercado. ¡Por favor no caigas en el error de confundir un Trucci por un Gucci!

Los novios zircones son pura pinta, son maestros en el arte del engaño y magísteres embaucadores.  Parecen buenos, inteligentes, comprensivos, fieles, serios, trabajadores, de buena familia, eré eréa y pueden llegar a mantenerte engañada por años sobre sus nobles cualidades. Su brillante apariencia esconde bajezas e impurezas de oculto mamarracho. Este tipo de novios pasa por nuestra vida causando estragos. Decir que rompen nuestros corazones es un eufemismo, ya que lo acribillan, lo mutilan, y hacen picadillo con lo que queda para luego tirarlo de comida a los perros. Obviamente este tipo de novios pueden dejar a una seriamente traumatizada, haciéndola dudar hasta de a bondad de Lassie. Mi consejo: ¡Rezá para que aparezca un tasador experto que te rompa la burbuja o que tus propios ojitos se den cuenta del fraude antes de que sea demasiado tarde!

NOVIOS STRASS: El novio strass es peor que el zircón, ya que al menos el zircón tiene buena pinta. Como no pueden engañar ni aun ojo inexperto, ni siquiera hacen el esfuerzo de aparentar. Como toda baratija, se les nota el Petirossi por donde se los mire. Su amplia lista de defectos afecta a cada aspecto de su persona, desde su apariencia, carácter y hasta personalidad. Estos mamarrachos suelen venir con combo defectivo en combinaciones: feo/maleducado; farrista/ haragán; mujeriego/ caradura; farrista/ mujeriego; haragán/ maleducado; feo/ caradura, etc. En el peor de los casos presentan un potpurrí de defectos que los hacen francamente impresentables. Son los novios que queremos borrar de nuestro pasado ya que representan el peor faux pas de nuestra existencia.

Como son odiados por nuestros familiares y amigos, generalmente llegan a nuestra vida por algún acto de rebeldía que podemos llegar a lamentar. Conocemos muy bien sus defectos ya que éstos saltan a la vista al minuto de conocerlo. Sabemos que son valles desde el momento que nos dicen: “¡me encanta Versassshe!”, salpicándonos con su saliva a través de su diente de oro; pero aún así terminamos vinculadas a ellos por alguna misteriosa razón que resulta inexplicable hasta para nosotras mismas. Los novios strass suelen suplir a los novios zircones, que nos dejan con la autoestima tan baja, que preferimos seguir la máxima de: “peor mal conocido que mal por conocer”. Afortunadamente este tipo de novios suele ser transitorio y el único estrago que dejan tras su breve paso por nuestros corazones es la burla anecdótica repetida por tus amigos hasta el hartazgo. Mi consejo: No dejes que la roncha alérgica de su mala calidad se extienda demasiado, ya que puede afectar tremendamente a tu reputación. Un novio strass solo debe durar un par de meses y jamás debe adquirir un status superior a un fling pasajero. Cuando lo deseches, negalo a muerte hasta a tu propia madre y asegurate de que su paso por tu vida no deje evidencias: ¡nada de cometer el terrible error de dejarte fotografiar con el mamarracho strass para una página de sociales! Big No-No!!!

NOVIOS DIAMANTES EN BRUTO: Los diamantes en bruto son esos chicos a quienes ignoraste en tus épocas de colegio o facultad porque no eran lo suficientemente churros o cool como para asomarse a tu regitud. Evidentemente algún defecto estúpido afectó tu claridad visual o simplemente te fallaron tus instintos. Son los novios o pretendientes que una lamenta haber dejado partir. El diamante en bruto puede ser algo nerd, algo feíto, algo vairito o el popular “demasiado bueno ya” (porque la mayoría de las mujeres tenemos un gen masoquista que hace que nos repelan los chicos demasiado buenos), pero indudablemente todos ellos tienen un potencial tremendo que generalmente aflora cuando ya es demasiado tarde. Imagínense a un Bill Gates adolescente, con gafas y menos onda que flequillo chino, perdidamente enamorado de alguna regia de la secundaria que no le daba ni la hora pues ignoraba que aquel chico nerd pero brillante era el diamante en bruto que se arrepentiría de por vida de haber rechazado. ¡Seguramente se habrá querido hacer el harakiri de la rabia!

Los mayores atractivos del diamante en bruto son su nobleza y maleabilidad. Como son diamantes en su estado más puro, tienen un enorme potencial para brillar. El hecho de que aún se los puede pulir a voluntad, permite que le des la forma que mejor se adapte a tu gusto. Puede tener algún micro defecto que te haga dudar, pero una chica entendida debería saber el enorme potencial que tiene un diamante en bruto. Por ejemplo, si es ceceoso y te dice “zoz mi corazonzito”, pero en el fondo tiene un corazón de oro que le da un excelente potencial para ser un súper papá, un compañero fiel y una pareja dulce y comprensiva, ¡trágate el seseo mi reina! Mi consejo: Tampoco es el caso de que te pongas a pulir una piedra con carbono, convencida de que tiene el potencial de convertirse en diamante. Hay límites para saber hasta cuan en bruto puede estar tu diamante. Pero si tiene un corazón noble, te da seguridad, tiene buenos valores, es una persona que siempre hace lo correcto (por lo que no tenés que preocuparte que te convierta en venado por los cuernos), es trabajador, emprendedor y te hace sentir como la persona más importante del universo…. ¡No lo dejes escapar por más nerd que sea!

NOVIOS DIAMANTES: Los novios diamantes son casi perfectos. Digo casi, porque todas las mujeres inteligentes sabemos que el hombre perfecto es tan irreal como el jasy jateré; pero digamos que estos chicos están cerca, muy cerca de la perfección. Si bien pueden tener alguna mínima impureza, ésta es tan diminuta que ni se les nota, y estamos más que dispuestas a pasarla por alto. Sus atributos varían según lo que cada mujer espera de su novio ideal. Todas sabemos que cada mujer tiene su preferencia en lo que a hombres se refieren. El novio diamante es aquel hombre que llena casi todas tus expectativas.

Una mujer puede buscar un novio que tenga sentido del humor, sea dulce y buen compañero, otra puede buscar un hombre que sea churro, millonario y romántico, y otra puede buscar uno que sea inteligente, emprendedor, familiero y fiel. Cuando una mujer conoce a un hombre que reúne todos sus requisitos, sabe muy bien que encontró a su media naranja, al novio diamante con el que quiere compartir el resto de su vida. Pero ojo, si su lista de requisitos es más larga que lamento de zurdo inconformista, lo más probable es que NUNCA encuentren a su novio diamante. Mi consejo: Esta bien que tengas expectativas altas, pero no abuses. Si estás buscando un novio churro, alto, varonil, con buen lomo, clon de George Clooney, millonario, regalón, generoso, noble, inteligente, con sentido del humor, de buena familia, conversador, honesto, emprendedor, fiel, familiero, dulce, compañero, religioso, cariñoso, romántico, sensible, comprensivo, justo, atlético, fino, creativo, alegre, optimista, solidario, y que encima escriba poesía, toque la guitarra, ame bailar y cocinar, se vista bien, ame la literatura, tenga buen gusto y hable con acento francés y sea un potro en la cama, preparate para buscarlo sin éxito por el resto de tu vida, porque lo que estás buscando simplemente ¡NO EXISTE!


30 julio 2010

VALENTINO MI MEJOR AMIGO


Yo nunca fui muy amiga de los animales. Los perros grandes siempre me resultaron molestos y torpes y los falderos me daban la impresión de que hacían mucho ruido para pocas nueces. De los gatos no soportaba sus pelos esparcidos por toda la casa, aunque debo admitir que siempre respeté su elegancia innata y su actitud soberbia. Se saben hacer respetar esos bichitos.

Por suerte me crié en una familia en la que los animales estaban destinados a la estancia o a la parrilla, por lo que crecí en un ambiente íntegramente humano y exento de seres subdesarrollados (con la salvedad de los eventuales pretendientes adolescentes que alguna vez pasaron por mi casa).

Mi prueba de fuego la pasé al crecer mis hijos, cuando se les activó un gen (evidentemente heredado del lado paterno) que les hacía clamar por una mascota. Mucho tiempo me opuse con absoluta tenacidad. Reivindicando mi autoridad materna y respondiendo a sus constantes súplicas con un rotundo “NO”. Si me preguntaban porqué simplemente les respondía “PORQUE SÍ” y ahí se acababa el tema.

Pero como a toda madre, llegó un momento en el que las lágrimas y súplicas de mis hijos ablandaron mi corazón. Como aún no estaba preparada psicológicamente como para tener una mascota de mayor envergadura acepté que tuvieran un pez. Era el Lassie de la pecera. Para mis hijos era más carismático que Flipper y hasta yo estaba encantada con el poco trabajo que me daba. Creo que aquel pececillo que llegó a mi casa como mascota y que llevaba el ostentoso nombre de Shamú, fue el pececillo más amado del mundo (aunque debo admitir que en realidad fueron varios, aunque mis hijos jamás se percataron de ello). El único stress que ocasionaban era cuando cada tanto aparecían flotando en la pecera y tenía que correr a la tienda de mascotas a comprar otro idéntico, que disimuladamente pasaba a sustituir a aquél que pasó a mejor vida.

Como los niños se aburren rápido pronto empezaron nuevamente los reclamos. Tal como temía, ¡les había pasado la mano y me estaban agarrando del codo! Ahora el cielo era el límite. Pedían desde ponis hasta elefantes y tigres blancos. Por supuesto que ante estas alternativas opté por la más viable: el perro. Así llegó el primer mamífero cuadrúpedo a mi vida, un simpático cachorro de bóxer llamado, Acahatá, que aún no sabía era la encarnación de Lucifer.

El nombre que le habían puesto los chicos en nuestra dulce lengua nativa resultó ser profético. Decir que el perro era travieso, sería quedarme corta. ¡Hasta me quedo corta diciendo que era un demonio con piel de perro! Destrozó el pasto, los sofás, mis azaleas, y estuvo a punto de transformar el árbol de mango en un bonsái. A la semana ya estaba planeando mentalmente mil formas para exorcizar mi hogar de ese huracán de cuatro patas. Y ni se imaginan lo que le extrañé en ese momento a Shamú tan tranquilito en su pecera.

La gota que colmó el vaso fue un sábado de noche, cuando me disponía a ir a una boda en todo mi esplendor. Después de haber pasado horas en remojo hasta quedar impecable de pies a cabeza fui atropellada por el cuadrúpedo satánico quien se ensañó con los volados bordados en Richelieu de mi fantástico vestido, un auténtico Saiach, que por supuesto quedó hecho añicos. No solo lloré hasta hacer correr ríos de rímel a prueba de agua por mis mejillas. También me juré a mí misma deshacerme de una vez por todas del cachorro endemoniado. Mi primer instinto fue el de desollarlo allí mismo para hacer una estola de bóxer con su pelaje al más puro estilo Cruella de Vil, pero tuve que controlarme para no traumatizar a los niños que evidentemente ya le habían tomado cariño.

Me quedaban solo dos alternativas: Plan A: Prepararle un delicioso Bife de Racumín y echarle la culpa a los vecinos o Plan B: el exilio. Tras pensarlo mucho resultó mucho más práctico y humano el plan B. Por lo que rápidamente lo despaché a la estancia y le dije a los chicos que el pobrecito de Acahatá le extrañaba muchísimo a su mami que vivía en el campo y que se había ido a su encuentro y que lo visitaríamos cada semana santa y en las vacaciones de invierno.

Siguió un breve periodo de duelo y justo cuando las cosas empezaron a calmarse y me sentía de nuevo feliz en mi ordenado ambiente libre de animales, empezaron de nuevo los reclamos por parte de mis hijos. Como sabía muy bien que no iban a parar hasta convencerme, decidí poner una condición casi imposible de cumplir. Si mis tres hijos exoneraban todas sus materias les premiaría con un nuevo perrito que por supuesto elegiría yo. Creo que fue el primer año que no me senté a estudiar con ellos y hasta les puedo confesar que secretamente deseaban que se aplazaran con tal de no tener que comprarles otro perro. Pero al llegar la libreta, ¡hasta Juancito que desde el prácticamente desde el preescolar venía llevando materias a febrero trajo la mejor libreta de su vida! Y yo en vez de ponerme contenta quería largarme a llorar como una condenada a la guillotina francesa, quería arrancarme las uñas esculpidas y hasta rasgar mi blusa de seda favorita de HC Collections.

Como no quedaba vuelta atrás hice una seria investigación para encontrar la mascota ideal para mí. Ya no quería ninguna bestia salvaje e incontrolable por lo que estaba decidido que de ahora en más en mi casa solo ingresarían perros falderos. Me encontraba dividida entre un Chihuahua a lo Paris Hilton, un Yorkie a lo Gisele Bundchen y Susana Giménez o un Caniche Toy a lo Marilyn Monroe y Grace Kelly. Un perro digno de una rubia regia como yo, que hasta hiciera sus necesidades en miniatura. Del chihuahua me preocupaba un poco su tamaño, ¿que pasaría si terminaba aplastado bajo mis estiletos o tragado por la aspiradora? La idea de tener que hacerle brushing a un perro borró al Yorkie de la lista y salió ganador el caniche toy.

Esa tierna bolita de pelos que llamamos Valentino en honor al rey de la moda, pasó a ser el rey de nuestra casa. Hasta ahora me asombra como supo ganarse mi corazón. Yo que toda la vida me pasé dándoles discretas pataditas bajo la mesa a los odiosos perros de mis amigas estaba fascinada con mi pequeño Valentino. Y en cima es un perro tan pero tan chic. Cuando sale de la peluquería todo perfumadito y esponjoso con su coqueto corte caniche dan ganas de llevarlo a todas partes como un accesorio.

A pesar de que Valentino cambió mi vida. Aún no me considero una amante de los animales. En primer lugar porque sigo amando las pieles y en segundo lugar porque soy racista con los perros ya que solo amo a los caniches.

30 junio 2010

EXCUSAS BARATAS: EL PROZAC DEL AUTOENGAÑO

Las mujeres tendemos a mentimos a nosotras mismas. El autoengaño, hemos comprobado, es mucho más efectivo que el Prozac. Valiéndonos de algunas de las excusas de nuestro inagotable repertorio encontramos la mejor manera para liberarnos inmediatamente de la culpa. La mayoría de las mentiras piadosas que nos dirigimos a nosotras mismas, se centran en cuestiones de peso.

Como muchas ya habrán adivinado, estamos a punto de embarcarnos en el mágico mundo del autoengaño. Pero ojo, como Nicoletta no discrimina, no solo hablaremos sobre las excusas empleadas por las gorditas para excusar su sobrepeso, también incluiremos aquellas que emplean las anoréxicas para justificar su flacura.

Todas las mujeres, desde las peso pesado como Queen Latifah hasta las peso moscas como Kate Moss, alguna vez hemos echado la culpa a algún factor ajeno a nuestro control para justificar nuestro peso. ¡Que tire la primera piedra la que esté libre de pecado….!

EXCUSAS GORDAS:

Mi problema es la retención de líquido: Si hubiera un ranking de excusas esta sería la excusa número uno del mismo. Lo peor es que ni siquiera es una mentira, aunque este hecho no la libra del título de excusa. ¡Más vale que vamos a tener retención de líquidos si no caminamos ni a la esquina y tenemos 140 kilos de sobrepeso! Pero la próxima vez que intenten valerse de esta artera excusa, recuerden que la retención de líquidos es más bien una consecuencia del sobrepeso, no una causa del mismo.

Mi problema es genético: Para creer en esta excusa, ANTES hay que conocer en persona a TODA la familia. Podemos creerla si sus padres son Don Redondito de Ricota y Doña Mozzarella, HAAASTA que conocemos a su perfecta hermana gemela, que en realidad más bien parece la hermana gemela de Dolores Barreiro antes que la suya. Si bien no somos genetistas, todas sabemos que en algún oscuro y lúgubre lugar del ADN, se encuentran los desgraciados y abominables genes gorditos o chubby genes. Pero por más de que en algunas familias la madre naturaleza se esmere en jugarnos una mala pasada, todas sabemos que la gordura no es irreversible. Sería más fácil culpar al karma, arguyendo que en nuestra vida anterior éramos flacas y malas y por esto nos tocó ser gordas y buenas en esta vida, antes que echarle la culpa a la genética por tu sobrepeso.

Tengo un mal metabolismo: Como la excusa genética no nos sirve a todas, como ocurre en el caso de que nuestra madre sea Sofía Loren o seamos la hermana gorda de las Atias, le pasamos la culpa a nuestras hormonas. Las mujeres AMAMOS echarle la culpa de TODO a las hormonas. Éstas son culpables de todas nuestras fallas de carácter, de nuestro malhumor y hasta de nuestras faltas de ortografía.

No tengo fuerza de voluntad: Todas las mujeres tenemos clarísimo que no es fácil bajar de peso. El único método 100% efectivo es sudar sangre en el gimnasio, cosernos la boca con hilo de pescar y por supuesto dejar de mentirnos a nosotras mismas. No creas que a las regias les gusta menos que a vos comer y más que a vos sudarse la vida en la clase de spinning. Para ellas también es un sacrificio. Ellas no AMAN hacer dieta y gimnasia….pero lo que sí aman, a diferencia de nosotros, es el resultado. Como nos cuesta tanto hacer todo lo anteriormente citado, nos refugiamos en un eufemismo disfrazando a nuestra haraganería de falta de voluntad.

Engordé muchísimo con el embarazo: Probablemente sea cierto y hasta totalmente perdonable. Esta es la mejor excusa para captar la simpatía del público. Todas las mujeres que alguna vez hemos estado embarazadas sabemos lo desesperante que puede llegar a ser pasar de sirena a ballena en un lapso de 9 meses y lo difícil que es revertir el proceso tras el parto. Pero hay que tener cuidado, ya que esta excusa tiene fecha de vencimiento. Podés usarla hasta máximo 3 años, pero no pretendas que la gente te siga creyendo cuando te pregunten: ¿cuanto tiempo tiene tu bebé? y vos no contestes 15 meses, sino 15 AÑOS. ¡Tuviste ya mucho tiempo para bajar de peso guacha!

Yo no se porqué soy gorda porque te juro que como poquísimo: Para empezar, jurar en vano es pecado, pero más pecado es usar la peor de las excusas… no hay más alto nivel de autoengaño que excusar el problema declarándolo un enigma. Hasta podríamos incluirla en un capítulo de la vieja serie: “Aunque Ud. No lo crea”, en la cual el segmento empezará con el presentador diciendo: “Ella come solo una comida al día y sin embargo pesa 325 kilos…”. ¡Suena tan dudoso como afirmar que te raptaron los extraterrestres!

No soy gorda, soy robusta: Cambiándole la denominación al problema no lo solucionamos. Si bien existen varios niveles de gordura y varios nombres más benévolos que la palabra OBESA, la triste realidad es que todos ellos son sinónimos de gorda. No creas que porque te autodenomines rellenita la gente te va a ver más flaca. Esto no solo es auto engaño sino un intento patético de engañar a los demás, diciéndole que simplemente NO ESTÁN VIENDO BIEN.

Lo que pasa es que picoteo entre comidas: La próxima vez que estés a punto de “picotearte” una sopa paraguaya entera, andá a contarle este cuento a tu abuelita! Nadie engorda verdaderamente por picotear, pero sí por llamar “picotear” a esos panzazos que amamos pegarnos cuando nadie nos ve.

EXCUSAS FLACAS:

Bajo sin querer: Liberarse de la culpa por falta de dolo solo funciona en el asesinato. No hay mentira más grande que esta. Si bajás “sin querer queriendo”, empezá ya nomás a preocuparte porque seguramente tenés alguna enfermedad…. Todas sabemos que la madre naturaleza es una bastarda que nunca nos hace adelgazar “de onda” y es de las que si te manda un regalito, luego te pasa la factura. Consultá con tu médico.

Yo siempre fui flaca: Más vale que si empezaste a vomitar todas tus comidas desde los 12 nunca te diste oportunidad de engordar….por lo que puede ser cierto que siempre hayas sido flaca…. Aunque esta excusa no explica COMO te mantenés flaca.

Mi metabolismo es demasiado acelerado: Lo más probable, es que agregues que tu metabolismo es taaan acelerado que hasta tenés que hacer dieta para engordar. Obviamente la culpa siempre es las hormonas. Echale nomás la culpa a tus hormonas, que todas sabemos es nuestra excusa favorita. Las hormonas excusan tanto a las gorditas como a las anoréxicas de todos sus problemas alimenticios.

Yo no se porque soy flaca porque te juro que como de todo y ni siquiera hago gimnasia: Nuevamente la excusa enigmática. Probablemente esta excusa te sirva para explicar tu inexplicable flacura, pero no te va a salvar de todas las miradas de odio que te van a dirigir las otras mujeres al escucharte, quienes seguramente ya estarán preparando sus picotas y machetes para lincharte

Lo que pasa es que soy muy nerviosa: Claro que son tus nervios y no las mil pastillas que te tomas al día, que te aceleran como si estuvieras corriendo el Grand Prix de Mónaco. Con las 12 calorías que ingerís por día no es de extrañar que las quemes solo con la respiración agitada que te producen “tus nervios”. Yo también estaría nerviosa si me estuviera pasando hambre todo el día, contando calorías y preocupándome por el tamaño de mi cintura.

Pero vos estás delirando… ¡si estoy gordísima!: No hay cosa más odiosa que la flaca que se ve obesa. De tanto mentirse a sí misma, hasta sus ojos le mandan mentiras a su cerebro y termina distorsionando hasta el reflejo que le devuelve el espejo. Lo peor es que a estas chicas nunca se les puede hacer un cumplido, porque te salen con este delirio de su gordura imaginaria y acto seguido querés que engorde EN SERIO para que aprenda!

02 junio 2010

PAPÁS ALHAJAS


Hay un término que me encanta de nuestro léxico paraguayo: el sustantivo “alhaja”, que en nuestro país se emplea como adjetivo para describir a aquellas personas que son auténticas “joyitas”… irónicamente, por supuesto. En el día del padre nos toca homenajear a las joyitas de nuestra coronilla doméstica: nuestros maridos alhajas en su rol de padres. Si bien ellos nos producen 30 mil jaquecas diarias, no podemos negar que son la adoración de nuestros hijos.

En este día tan especial para ellos, es un placer para mí hacerles un pequeño boicot en su fecha conmemorativa, recordando todas las características paternales que nos sacan de quicio a las madres.

AMAN DELEGAR: A la hora de tener que lidiar con las tareas domésticas y con nuestros hijos, lo primero que hacen es remitirnos inmediatamente la cuestión a nosotras. La mayoría de las veces se produce una delegación tácita. Ellos ya asumen que la cuestión nos corresponde a nosotras. Por ejemplo, si hay que llevar a los niños al médico o cambiar las sábanas cuando nuestros hijos se hacen pipí en la cama, directamente dan por asumido que nos corresponde a nosotras encargarnos del asunto. Otras veces, lo solucionan todo con la odiosa frase: “pedile a tu mamá” (porque por supuesto ellos están muy ocupados viendo el partido de fútbol en la tele).

INVENTARON LA LEY DEL ÑEMBOTAVY: Otra de sus estrategias para evitar hacer cosas que no tienen interés en hacer es alegar ignorancia. Pueden ser Neurocirujanos o Físico nucleares, pero a la hora de vestir a sus hijos o cambiar un pañal, declaran que no saben hacerlo y obviamente nos pasan NUEVAMENTE la tarea a nosotras. También sacan el mayor provecho de su “oído selectivo”, mediante el cual filtran solo lo que QUIEREN escuchar. Por lo que cuando le recordamos que a la tarde le tiene que buscar a los niños del cole ya que nosotras tenemos un compromiso, lo más probable es que a las 5:00 de la tarde recibamos una llamada del cole preguntándonos si tenemos planeado buscarle a los chicos del cole o planeamos dejarlos allí de camping.

SON LOS PEORES NIÑEROS DEL UNIVERSO: Cuando nos toca delegar a nosotras las madres, sabemos que dejar a nuestros hijos solos con el padre no siempre es la opción más conveniente. Lo más probable es que acepten a regañadientes, algo que no nos sorprende ya que están más acostumbrados a delegantes que a ser delegatarios. Cuando aceptan sin manifestar ningún tipo de oposición a la idea, recuerden que no hay que cantar victoria antes de tiempo. Lo más probable es que aplicaron su oído selectivo y respondieron sí mecánicamente sin escucharnos en realidad, por lo que no es de extrañar que al volver a casa encontremos a nuestro marido plácidamente dormido y toda la casa revuelta, las paredes pintadas, los niños embardunados de pintura o jugando a los espadachines con el machete del jardinero.

SON ADICTOS A LA ADRENALINA: Adoran probar sus limites… y por supuesto también los nuestros. A los pocos meses de ser padres ya intentan transmitir su pasión por la adrenalina a sus hijos. Empiezan tirándolos al aire de bebés y poniéndolos boca abajo, matándose de risa mientras nosotras observamos con cara de espanto. Ni bien nuestros hijos crecen lo suficiente como para utilizar un triciclo ya empiezan a fantasear con carreras de karting, motocross y todas esas cosas que las madres odiamos. Cuando nuestros hijos se vuelven adolescentes son los primeros en apoyar su intención de inscribirse al curso de paracaidismo. Cuando nos oponemos, nos tachan de locas o de exageradas a lo que no nos queda más alternativa que contestar: “¡Espero estar equivocada… porque si se llega a hacer puré, a vos te hago PICADILLO con mis estiletos!”

SON TECNO ADICTOS: Llenan la casa con inútiles aparatejos espaciales que nosotras no entendemos ni tras leer el manual. Esta adicción hace que cuando nacen sus hijos se surtan de una variedad de cámaras y filmadoras en las que registrarán cada uno de los innumerables momentos kodaks domésticos. Hasta ahí todo bien… hasta que estos padres empiezan a rememorar su adolescencia (de la que nunca se recuperaron totalmente) y empiezan a sacarle fotos jocosas a sus pobres e inocentes bebés. Por lo que no es de extrañar, que al observar el álbum familiar, entre la foto del tierno bebé comiendo su papilla y la emocionante imagen del bebito dando sus primeros pasos aparezca una foto del inocente bebé tomando (aparentemente… aunque nunca podemos estar seguras) una cerveza, o desmayado en su sillita alta mientras sostiene con sus pequeñas manitos un ñoño gigante.

SUFREN DEL SÍNDROME DEL GUARDABOSQUES: Para ellos la frase “menos es más” es la regla a la hora de admirar la indumentaria femenina. Resulta patente que los hombres aaaaman los escotes y las minis…. SALVO en sus hijas. Cuando sus adoradas hijitas crecen y empiezan a mostrar sus atributos ellos, que conocen muy bien todos los ratoneos mentales que se generan en la mente masculina, son los primeros en pegar el grito al cielo. Inmediatamente el puritanismo de Benedicto XVI invade su cuerpo y arman un escándalo que merece un Óscar, al caradurismo obviamente. Pero lo que más disfrutan hacer es atormentar a los primeros noviecitos. Cuando visitan la casa por primera vez, ellos los reciben con su mejor cara de “pocos amigos”. Luego lo invitan a la sala mientras “la nena” (quien para ellos sigue teniendo 10 años menos de lo que en realidad tiene) se prepara. Mientras esperan en la sala a que venga la nena, hacen todo tipo de sutiles artimañas para hacerle entender al personaje en cuestión de que “la nena no se toca”. No sería de extrañar que se pongan a limpiar un rifle frente a las narices del espantado adolescente para intimidarlo aún más de lo que ya está, mientras le dice con tono de autoritario: “a la nena, la traes de vuelta a las 12”.

SU MACHO STYLE NO ACEPTA DIFERENCIAS: Si bien nosotras estamos siempre actualizadas en cuanto a moda, ellos se quedaron atrapados en el tiempo de las camisas a cuadros, los mocasines y los pantalones kakis, por lo que tienen un muy limitado código de indumentaria. Ellos crecieron con una sencilla regla en la cual creen con fervor: Pelo largo + arito = GAY (en realidad emplean otra palabra menos glamorosa y absolutamente impublicable que seguramente ya imaginan). ¡Guay que su hijo se deje crecer el pelo y que un día le aparezca con un arito en la oreja! No entrarán en razón por más de que intentemos razonar con ellos y le expliquemos que ahora se llaman “piercings” y que la mayoría de los gays son demasiado regios como para ponerse algo tan poco glamoroso en la oreja. Y si el hijo le sale emo, gótico o flogger…. Lo más probable es que el padre entre en shock ya que la sola idea de que un hombre se vista así, y que EN CIMA se maquille es tan descabellada que ni se le ocurrió agregarla a su lista de restricciones! Ahí directamente tendremos que llamar a una ambulancia para internarlo de urgencia del soponcio que le va a agarrar!

SON MONOSILÁBICOS: si bien las madres tendemos a ser verborrágicas, los padres son la antítesis total. Su vocabulario está compuesto principalmente de monosílabas. El resto lo expresan con sus expresiones faciales y con “la mirada del padre”: aquella mirada autoritaria que no necesita ninguna explicación verbal para transmitir claramente el mensaje. Cuando aplican “la mirada” nuestros hijos empiezan a temblar porque con “la mirada” ya les dio la advertencia, el reto y el castigo. No hay nada más frustrante para las madres que ver como nuestros maridos alinean a nuestros hijos sin desperdiciar palabras… generalmente, nosotras ya empleamos antes todas las palabras del Diccionario de la Real Academia Española, comentado y ampliado y todas aquellas palabrotas que no fueron incluidas al mismo por obvios motivos, sin lograr éxito alguno y ellos solo dijeron NO acompañado de “la mirada” y problema solucionado.

16 abril 2010

MOMMY DEAREST: ¡MAMITA QUERIDA!


Juro, arrodillada sobre la tumba de Farrah Fawcett, que por más que sea el día de las madres, la columna de Nicoletta jamás de los jamases se va a poner cursi ni melindrosa. Yo soy así, digo lo que siento y siento lo que digo y por supuesto mi lengua, como bien saben, está finamente depilada, por lo que no me guardo nada a la hora de escribir mi columna.

Ustedes seguramente ya conocen la aberración que me producen todas estas fiestas y celebraciones temáticas que van del Día de los enamorados hasta la Navidad. Las considero fiestas fabricadas con fines comerciales que lo único que hacen es estresarnos más de lo que ya nos estresa Lugo y el EPP. Cuando llegan estas celebraciones no se si mis neuronas entran en cortocircuito o me sopla viento norte. Lo que sí se es que el resultado siempre es el mismo: me trastorno. Me olvido de todo lo que aprendí en mi clase de Kundalini Yoga para controlar mi nivel de stress y exploto como pororó de microondas. En estas celebraciones recomiendo a todos mis amigos y familiares que se mantengan a la larga y hasta he pensado en colgarme un cartelito al cuello que lea: “Cuidado Perra Brava”.

Hoy me toca hablar del Día de las Madres. Como dice la máxima “Madre hay una sola“; y yo digo “¡¡¡POR SUERTE!!!” En el día de las madres tendemos a olvidar que nuestras madres, a quien por supuesto adoramos incondicionalmente, han hecho millonarias a nuestras psicólogas. No podemos negar que en toda relación madre-hija se produce frecuentemente situaciones de amor-odio, aceptación-rechazo, alejamiento-acercamiento que son el pan de cada día de los terapistas del mundo.

Por más que las idolatramos de niñas, llega la adolescencia y se convierten en nuestras enemigas acérrimas. Con el tiempo, cuando crecemos y nos damos cuenta de lo difícil que es ser madre y lo complicado que es crear a un hijo las comprendemos y las valoramos y nos acercamos a ellas. Aún así, todo lo que nos hicieron padecer con sus interminables reproches, plagueos y actitudes tan propias de las madres, dejan su marquita en nuestras vidas.

Convengamos, antes de seguir, que sentimos un amor INCONDICIONAL hacia ellas, que quiere decir, que por más que nos sacan de quicio las amamos sin restricciones con tooodos sus defectos y virtudes. Una vez aclarado esto, vayamos al grano: las cosas que nos vuelven locas de nuestras madres.

Son las reinas de los plagueos: ¡Este es indiscutiblemente el número uno del ranking! Parece que al convertirse en madre una automáticamente se convierte en una plagueona patológica. En cima los plagueos maternos tienen aires de letanía, una vez que empiezan ya no pueden parar y siguen y siguen como el conejito de Duracell, volviéndote loca las 24 horas del día. Empiezan con algo y luego lo van encadenando con otra cosa y otra más hasta formar un chorizo verbal imposible de digerir. Por lo que es muy normal escuchar a las 7:00 am un chorizo como este:

“Ya no vino otra vez la empleada-Seguro que voy a llegar tarde a la oficina porque a la pelotuda de Evanhy se le ocurrió hacer los recapados del centro de día-¡¿Porqué china no trabajan de noche cuando no hay un alma en el centro?!- Y yo más pelotuda que la voté-Pero también le voté al zurdo de Lugo y ese sique es un voto del cual me arrepiento (mientras abre el tetrapack de la leche)-¡Ay me rompí una uña!-¡Miéeeercoles!-Justo ayer me hice las manos-Y vos, ¿no pensás ir a hacerte las manos? Mirá que ya parecen garras y de paso te cortás ese pelo que dentro de poco te van a rezar rosarios porque parecés una virgencita- (Interrumpe para tomar aire)- ¡Juuuulioooooo! Vení a desayunar que vas a llegar tarde al coleeeegio-Y antes de bajar alzá toda tu ropa del piso que no soy tu empleada-Tu hermano es un fresco- Igualito a tu padre tenía que salir y para el colmo mirá que se toma su tiempo-Salió pancho como tu abuela-¡Juliooo, vení ya te digo que se enfría la leche-Ni sueñes que te la voy a recalentar que se descompuso el microondas y el gas está carísimo-Ya sé que en esta casa todos creen que soy la empleada-(Para y mira el reloj con cara de espanto) ¡Dios mío ya son las 7:30! (en realidad son las 7:05) y no vino todavía la empleada- Pero si esa es más pancha que tu hermano y tu abuela juntos-¡Juuuulioooo bajaaaaate caramba que es tardísimo!-Bien que farrear estás siempre listo a tiempo- Y que sea la última vez que me llegás a la una entresemana- Mirá que la próxima te quito el auto-Y vos tomá rápido tu café que no llegamos y pará con la manteca que te engorda-¡Juuuuliooooo! ¿Vas a venir o vas a esperar que te pase a buscar el avión presidencial?-Es que en esta casa nadie me escucha-¡Parece que hablo a la pared!”


La verdad es que nadie las escucha. Esos plagueos habituales de las madres generan en sus receptores una habilidad increíble para abstraerse, pensar en prados, mariposas y George Clooney y poner en off a nuestros oídos. El problema es que ellas no se dan cuenta y se siguen plagueando.


Son las sargentas del hogar: Como están acostumbradas a que se las ignore (evidentemente con justo motivo ya que sus plagueos ya nos tienen saturados) tienen la costumbre de gritar todo el día como si fuera que así le vamos a hacer caso. Ellas no entienden que nuestros oídos están en off y que estamos pensando en George Clooney. Nos llaman a los gritos todo el día, por más que estemos frente a sus narices (probablemente creen que estamos sordas). Es normal escucharlas gritar a todo pulmón: “Josefiiiinaaaaa! Dejá ese aparatito (ya sea la tele, la computadora, el celular o el ipod) y vení a almorzaaaaar”. Así nos encontramos respondiendo (a los gritos también) unas 5345 veces x día: “¡Si mamá ya voooy!” Como tienen el hábito de sargentear en el hogar se convierten en unas mandonas insufribles. Todo el tiempo están imponiendo órdenes y estableciendo reglas inquebrantables (salvo para ellas). Su persona engloba en uno al poder legislativo, ejecutivo y judicial. De niños nos obligan a tomar todo el jugo de zanahoria porque hace bien a la vista o a abrigarnos ante el más leve cambio de temperatura. Al crecer nos ponen trabas en las salidas y nos prohíben hacer todas las cosas que ellas hicieron de jóvenes. Y de adultas siguen imponiéndose a la distancia con sus interminables llamados telefónicos.


Son manipuladoras expertas: Como tienen muchas leyes que hacer cumplir son extremadamente arteras a la hora de manipularnos para que hagamos lo que ellas quieren. Por supuesto que cuando somos niños e ingenuos abusan de nuestra inocencia arguyendo las razones más absurdas e ilógicas. En su repertorio de justificaciones abundan frases del tipo: “no te saques los zapatos que te van a crecer los pies”, “Si te rompés el cuello corriendo por la escalera no te vas a poder ir al cumpleaños”, “Si no comés la ensalada se te van a caer los dientes”. Cuando crecemos y adquirimos un poco de lógica sus amenazas y advertencias sufren sutiles cambios del tipo: “Si te aplazás en matemática te voy a llevar a la escuela graduada n° 3564 y vamos a ver si se acuerdan de vos tus compañeros”, “Si me seguís dejando todas las luces prendidas te voy a hacer pagar a vos la cuenta”. Cuando todo falla, tienen sus ases bajo la manga, las elementales y universalmente implementadas frases: “porque yo lo digo” o “porque sí o porque no, y punto”. Al convertirnos en adultos ellas cambian de estrategia y empiezan a adoctrinarte con ejemplos alarmantes que sacan de los noticieros matutinos y de las experiencias de sus amistades, del tipo: “No le vayas que a dejar solos a tus hijos con la niñera, mirá que la sobrina de la amiga de Chichú un día volvió temprano a casa y no estaban, y luego los encontró mendigando por la calle!”


Aman el drama: Siempre encuentran un motivo para preocuparse y sus múltiples preocupaciones tienden a volverlas contradictorias. Seguramente les habrá tocado estar en una situación como esta:

Madre: “¡Porqué no me avisaste que ibas a llegar tarde! Ya estaba a punto de llamar a la policía! Acaso no ves los noticieros. Es que vos luego ni te enterás de las cosas que pasan. Pensé que te secuestraron, que te chocó un borracho, que te acuchillaron! ¿Me podés decir en qué estabas pensando?”

Hija: (Silencio. Se escuchan grillos de fondo)

Madre: “¡Contestame cuando te hablo!”

Hija: ¡Ya te dije mil veces que no te llamé porque se me quedó el celular sin batería!

Madre: “¡No me vayas a contestar chiquilina!”


A veces son más difíciles que entender que la astrofísica. Primero te dicen una cosa y luego otra. Cuando estás flaca te atiborran de comida y vitaminas y cuando finalmente subís de peso empiezan a preocuparse por tu sobrepeso y te ponen a dieta para que no termines desbordada como la tía Marilú que no podía ni levantarse de la cama por obesa. Se preocupan por el sedentarismo de sus hijos y los alientan para que practiquen deportes y luego se quejan de que están todo el día jugando fútbol y no estudian. Cuando se convierten en abuelas empiezan a preocuparse por sus nietitos. Si les retamos somos malas madres porque no les tenemos paciencia y si les hablamos bien se preocupan porque no les ponemos límites.


Ellas lo hacen todo mejor: Se empeñan en compararse con nosotras y demostrarnos que ellas saben más. Todólogas por naturaleza, aman demostrar su inteligencia y sabiduría y chantarnos el popular: “Yo te dije que” o “Si me hubieras hecho caso no te hubiera pasado esto”. En algunos casos no menos frecuentes tienden a querer competir con nosotras a través de reclamos y comparaciones odiosas del tipo:

Madre: No entiendo porqué estás siempre de negro. ¿Se murió alguien acaso?

Hija: Y yo no entiendo porqué te echás encima el arcoíris. ¿Hay alguna fiesta atrasada de carnaval?

Madre: Es que con lo flaca que soy me puedo permitir usar todos los colores que quiero. Hasta el flúor te quedaría lindo si fueras flaca como yo.

Hija: Ya te dije que me gusta el negro y no me gustan los colores.

Madre: Y si seguís comiendo menos te van a gustar.

Por supuesto sus comparaciones no tienen porqué limitarse a situaciones actuales. Sin problema alguno se remontan al pasado con frases del tipo: “Cuando tenía tu edad ya estaba casada y con tres hijos, no entiendo cuanto más vas esperar para casarte”, “En mi época si salías así a la calle te mandaban presa” o “Cuando era joven mi piel parecía de porcelana, es que no nos incinerábamos como morcillas al sol como ustedes.”


Sufren del síndrome de la gallina clueca: Para ellas nunca dejamos de ser sus pollitos indefensos y nos tratan como si el mundo nos fuera a comer al espiedo por el simple acto de salir del gallinero. No dejan de meterse en nuestras vidas, sobreprotegiéndonos hasta la asfixia. Son las que ante la menor mancha sacan un pañuelo y lo mojan con su saliva para limpiarte, la que cuando estás jugando con otros niños te llaman (a los gritos por supuesto) para peinarte los pelos para que no se te caigan sobre la cara, las que si nos engripamos se convencen a sí mismas que tenemos la gripe aviar y se ponen histéricas y las que si llegamos tarde llaman al 911 y cuando volvemos a casa nos encontramos a Mario Bracho reportando sobre nuestra desaparición y probable secuestro. Cuando les reprochamos lo más probable es que nos contesten: “Ya me vas a entender cuando tengas hijos, y espero que ellos salgan como vos para que veas lo que me hacés sufrir.” Seguido de un plagueo interminable en el cual manifestarán lo poco que las valoramos, lo mucho que las hacemos preocuparse, lo gorda que estamos y que no vino la empleada.


Estamos destinadas a convertirnos en ella: Nuestra peor pesadilla es convertirnos en nuestras madres y repetir todas las cosas que odiábamos de ellas al crecer. Cuando alguien (generalmente nuestro peor es nada) nos dice: “te estás volviendo igualita a tu madre”. Por más de que amamos a nuestras madres no lo vemos como un cumplido, más bien lo sentimos como si nos estuvieran diciendo: “¡estás loca como tu madre!” Ahí mismo sentimos una puñalada en el estómago y empezamos a pasar noches en velas preguntándonos si será cierto. Lo más probable es que lo sea. No solo nos unen lazos genéticos sino que somos el producto de su crianza e influencia y estamos destinadas a seguir los patrones que nos impusieron. Como hijas tendemos a criticar mucho a nuestras madres. Sentimos que nos sofocan durante nuestra adolescencia y juventud y juramos ser diferentes al ser madres. Pero al convertirnos en madres ¡zácate! Su fantasma parece poseernos como a la prójima de Linda Blair en “El Exorcista”. Con nuestros hijos aprendemos mucho sobre nosotros mismo y sobre nuestras historias previas con nuestras propias madres. Al tener hijos recién una entiende la envergadura de lo que significa la maternidad. Empezamos a ser menos críticas y en pensar en todo lo que las hicimos sufrir y en las veces que nos habrán querido encerrar en el ropero y salir al patio a tomar un Martini doble para relajarse y no lo hicieron.



Mi único consejo es que les tengan muchísima paciencia a sus madres y les sigan la corriente haciéndoles saber que ellas SIEMPRE tienen la razón para estar en paz y evitar plagueos y reproches. Por más de que a veces nos hieran o nos molesten, no lo hacen intencionalmente. Ellas tienden a estar más estresadas que nosotras y con justo motivo. Recuerden que trabajaron mucho por formarnos y que de seguro hizo todo lo mejor que pudo dentro de sus posibilidades. Al fin y al cabo ellas son las primeras a quien recurrimos para un consejo o un abrazo, ellas nos enseñaron todos nuestros valores, como sentir, como comportarnos y como ser. Nos trajeron al mundo y nos hicieron tal cual somos. La próxima vez que alguien les diga que se parecen a sus madres no se alteren tanto. Sonrían graciosamente con esa misma sonrisa de miss que ponían cuando sus madres les hacían pasar papelones frente a sus amigos y contesten con aplomo: “Gracias”. Y por favor recen, recen mucho para que cuando sus hijas crezcan, ellas también respondan de la misma manera cuando se les acuse de ser igualitas a ustedes…

Pascuas de chocolate

Ya se que para ustedes la Semana Santa es sinónimo de vacaciones. Para mí es mucho pero MUCHÍSIMO más que eso. Espero que no crean que me vaya a poner a hablar de la fe ni de mi grupo de oración a San Antonio. Para mí la Semana Santa es un periodo de recogimiento en el cual me paso ayunando con un solo objetivo: comerme todos los huevos y conejos de chocolate que encuentro en mi camino el domingo de Pascua.

TODO el año me controlo, TODO el año cuido mi silueta, TODO el año sudo como micrero en el spinning, TODO el año me resisto a la intolerable tentación de comer chocolate… porque se que un solo bombón me lleva a 20 y que cada gramito de ese tentador bocado se metabolizará como por arte de magia en un profundo cráter celulítico en mis muslos.

Todas las mujeres sabemos lo importante que es el chocolate en nuestras vidas y lo difícil que es resistirse a esta dulce adicción. Cuando no nos resistimos, cuando nos permitimos una escapada, cuando nos damos el gusto de rendirnos ante este placer inconfesable, nos sentimos inmediatamente en culpa. Castigándonos mentalmente por haber cedido a la tentación como si fuéramos criminales convictos.

Como método de control empezamos a contar calorías mentalmente como auténticas obsesivas compulsivas, y luego calculamos los kilómetros que vamos a tener que caminar para reducir los kilogramos que ganaremos. Se nos encienden todas nuestras neuronas matemáticas para efectuar estos cálculos e inmediatamente nos prometemos cosernos la boca con punto cruz.

Pero luego llega Marzo y el pasillo del súper destinado a nuestra perdición (aquel pasillo lleno de golosinas que siempre evitamos) se expande hasta apropiarse del supermercado entero. Vamos como unas dementes por los pasillos intentando hacer la vista gorda para no engordar, usando toda nuestra fuerza de voluntad para llegar a la góndola light, o a la sección de frutas y verduras evitando todos esos obstáculos tentadores que aparecen en nuestro camino. Es un HORROR…. Una tortuuura!!!

Yo se que muchas de ustedes son tan regias que logran resistirse. Pero yo no. Debo admitir que soy débil y la tentación me supera y en marzo no logro salir invicta del súper. Mi compra habitual de lechuguitas, tomatitos, pan integral y yogures descremados termina siendo sustituida por huevitos, huevotes y mega huevos reloaded de chocolate.

En Pascua tiro la toalla. En pascua doy rienda suelta a mi adicción al chocolate y sinceramente la disfruto. Me siento como una náufraga rescatada a la que se le presenta un banquete opíparo tras 100 días de dieta de coco y banana. En Pascua me convierto en una chocoadicta orgullosa y renegada que se avalancha como una poseída sobre la góndola de chocolates gritando Aleluuuya!
En Pascua digo: hola, mi nombre es Nicoletta y soy chocohólica. No se si existen centros de rehabilitación para mi adicción, pero ni aunque existieran los pisaría. En Pascua no me importa la celulitis, la gordura, las críticas de mi marido, las miradas de mis amigas, los cierres rotos ni el acné. En Pascua solo quiero chocolate dulce, amargo, blanco, de leche, relleno de menta, cereza, naranja o dulce de leche. En Pascua solo quiero vivir la fantasía de tirarme en una bañera de chocolate fundido y entregarme con placer y sin culpas a mi adicción.

En Pascua me quiero transformar en Neruda y dedicarle una ODA al huevo de Pascua. Quiero transformare en azteca y dedicarle una ofrenda a sus dioses agradeciéndoles por haberles iluminado para inventar el xocolat.

En Pascua quiero comer chocolate sin culpa y ser feliz. Quiero reivindicar todas las veces que me abstuve. Las veces que quise comerlo y no lo hice: cuando tenía antojos, cuando estaba sola, cuando estaba triste, cuando me quería premiar, cuando me sentía obesa y solo quería salir de la dieta, cuando venía Andrés, cuando no venía Juan, cuando me sentía depre, cuando me quería mimar, cuando me sentía incomprendida y cuando solo quería celebrar su existencia en mi paladar.

En Pascua lo saboreo, lo siento derretirse lentamente en mi lengua y luego me relamo los dedos, para no desperdiciar ni un solo gramo. Y lo hago sin pensar en consecuencias, simplemente disfrutando el momento.

Estas Pascuas me voy a entregar a mi pasión. Voy a amar al chocolate como una niña. Y tal vez el lunes tenga un rollito más, me apriete el jeans, me sienta hinchada y rechoncha. Pero eso será el lunes. El domingo, mientras tenga en mi boca un chocolate divino fundiéndose sin culpa, calmando todas mis angustias, reivindicando todas mis abstenciones y rompiendo todos mis controles, me sentiré animada celebrar la vida sin prejuicios olvidándome de reglas y de medidas. El domingo compartiré un chocolate con mis hijas y sonreiré con ellas compartiendo el gusto de saborear un pecaminoso chocolate sin complejos.

26 marzo 2010

Éramos tan ricos....


En estos días en que el mundo entero se viste de crisis, nosotros, los pioneros de la crisis nos mofamos de nuestros vecinos del norte diciendo: “¡chupáte esta mandarina!” A nosotros las crisis ya no nos asustan… acá ya estamos acostumbrados a todo tipo de recesiones, devaluaciones y retrocesos.



En los ochentas el cómico argentino Alberto Olmedo acuñaba la frase: “éramos tan pobres” recordando tiempos peores. Pero hoy en día, es difícil recordar tiempos peores cuando vamos de mal a peor. Recordar un tiempo en el cual éramos más pobres de lo que somos actualmente significaría que existe progreso, o al menos una ilusión de progreso. Pero lastimosamente aquí lo que pulula es el retroceso. Como no nos quedan tiempos peores para recordar, solo tiempos absoluta o relativamente mejores, solo podemos emitir un suspiro mientras exclamamos resignadamente: “¡éramos tan ricos!”

Los únicos que pueden mirar atrás y sentirse consolados con su progreso son los nuevos ricos. Ellos si pueden decir: “éramos tan, pero tan pobres que cuando nos casamos nos quedamos a juntar el arroz que nos tiraron en la iglesia… y ahora comemos risoto ai fungii.” (Por supuesto que no tienen idea de cómo se escribe ni se pronuncia).

Pero los nuevos ricos son solo una parte del problema. Ellos son solo unos cuantos que supieron sacar provecho de la crisis y por supuesto hacer rendir el zoquete político hasta su más alto rédito. El problema real es la crisis, que alcanza a todo el espectro social, convirtiendo a los pobres en paupérrimos y a muchos ricos en la nouvelle vague de la pobreza.

Lo preocupante no es que cada vez haya más nuevos ricos, sino que cada vez haya más proliferación de nuevos pobres. Numerosas familias de rancio abolengo, se han visto catapultadas directamente de las burbujas de champagne a la sidra, sin ni siquiera tener el consuelo de pasar por el espumante. Este grupo de “gente bien” pasó a ocupar, contra su voluntad, las filas de la clase media. Pasar del plan full a la mini carga no es un cambio fácil.

Como rezaba el título de una novela mexicana, los ricos también lloran…y no siempre de felicidad. La movilidad social a la inversa, no es un sendero sembrado de flores. Así muchas regias pasaron a llorar por todos los rincones, mientras se le encendían los ojos de rabia al ver como los nuevos ricos les usurpaban todos sus privilegios. A ellas solo les queda su dignidad y el recuerdo de los tiempos mejores.

Como es claramente comprensible, la caída de clase es traumática para cualquiera. Como los nuevos pobres tienen una reputación y apellido compuesto que proteger, lo primero que hacen es tratar de cubrir a toda costa el problema familiar, que para ellos evidentemente más que un problema es una tragedia griega. La consigna es: si ya no somos ricos, aparentemos.


Para seguir viviendo la vida a la que estaban acostumbrados (auto del año, clubes privados, cenas en restaurantes de moda, vestidos por el diseñador top), los nuevos pobres se convierten en artistas del bicicleteo; manteniendo su estilo de vida alternando sus antiguas tarjetas doradas. Por supuesto esto les agota y terminan inevitablemente deprimidos. Como su psicólogo no acepta tarjetas de crédito, se consuelan leyendo todos los libros de autoayuda del gurú del momento.

Cuando ya no solo pueden pagar el mínimo de sus tarjetas, empiezan a bajar cautamente su estilo de vida. El primer recorte se produce en todos los artículos domésticos. Empiezan a comprar el papel higiénico de lija, a cargar aceite de girasol en las botellas vacías de aceite de oliva italiano, a aguar el detergente y a dejar de ir al Agro Shopping para ir a rozarse con el pueblo en el Mercado de Abasto.

El segundo recorte se produce en el área Shopping. Así las nuevas pobres se echan un pañuelo a la cabeza y unos lentes oscuros y van de compras a Bonanza de incognito, entonando un rosario interno para no encontrarse con nadie conocido. De comprarse cada temporada los bolsos de la última colección de Louis Vuitton y los más regios lentes de Gucci pasan a equiparse de Luis Truchón y Trucci. Para los casamientos empiezan a recurrir a sus modistas de barrio, a quienes evidentemente reniegan, jurando por la vida de sus caniches que se trajeron el vestido de Buenos Aires o adjudicándolo a otro diseñador, que por supuesto a su vez las reniega enfuriado por los monos que le dejaron en su última visita.

Para que nadie sospeche de su iliquidez pueden hasta simular un ataque de pánico por temor a ser secuestradas y son capaces de hasta ponerle un chalequito de pesca y anteojos Ray Ban (truchos ooobvio) a sus jardineros para que parezcan sus guardaespaldas. Al igual que los nuevos ricos, los nuevos pobres tienden a las exageraciones. Pero en este caso es totalmente comprensible por una sencilla razón: nadie quiere ser pobre.

10 febrero 2010

Síndrome de Cupido


Hay algo de que todas hemos sido víctima al menos una vez en nuestras vidas: se trata del síndrome de Cupido. No sé que hormona femenina es la que dispara este síndrome, o si se trata de algún gen que todas las mujeres tenemos incorporado en nuestro sistema operativo, pero lo cierto es que todas alguna vez hemos intentado actuar el rol de la Celestina. Lo cierto es que en el día de los enamorados este síndrome alcanza su apogeo. Algo dentro de nosotras no puede permitir que una amiga sufra el trauma de pasar sola el 14 de febrero.
¡Ay de la pobre víctima de nuestro síndrome! Aquella pobre e inocente mujer a quien a toda costa queremos enganchar con algún amigo, pariente, amigo de nuestro novio, compañero de trabajo, amigo del amigo del primo del vecino, etc. Por más que ella se oponga rotundamente, insistiremos e insistiremos hasta que se dé por vencida y termine cediendo a nuestros planes. Lo que pasa es que nosotras la vemos sola, la vemos regia y creemos que tenemos el candidato ideal para ella; y si no lo tenemos nos esmeraremos en encontrarlo. En algún lugar debe estar, ¿no?

El gran problema ocurre cuando obsesionadas por encontrar la media naranja de nuestra amiga, terminamos encontrando un medio melón, intentando adaptárselo a toda costa. Una vez que logramos el milagro de convencerla de que aquel melón es en realidad su media naranja, nos convencemos a nosotras mismas de que ese melón es la única fruta del planeta capaz de complementarla. En ese mismo instante nos creemos el artífice del mejor enganche de la historia, a pesar de que lo más probable es que nuestro injerto no tenga ninguna posibilidad de prender.

Como buenas expertas en marketing amoroso empezamos a vender nuestro producto. A nuestra amiga le hablamos del melón como EL SUPER MELON. En primer lugar magnificamos todas sus virtudes y por supuesto agregamos cuanta cualidad positiva se nos ocurra. Si tiene algunas canas ya es suficiente como para que lo comparemos con Richard Gere, si toca la guitarra ya lo calificamos como un virtuoso de la música (por más de que solo sobresalga en las peñas con los amigos) y luego seguimos con el infalible slogan vende melones: “es un chico emprendedor y de buena familia”. Una vez resaltado lo positivo, nos esmeramos en minimizar todas sus imperfecciones. Si es un viejo solterón y farrista lo describimos como un hombre maduro pero divertido. Si juntando sus ex novias y ex esposas se puede armar un equipo de fútbol, romantizamos sus fracasos sentimentales diciendo que el pobrecito no tuvo suerte en el amor. Y por supuesto que si es más feo que un Gremlin mojado cuando nuestra amiga nos pregunta que tal está, le respondemos radiantes que es un divino, un dulce y un amooor de persona.

Cuando nos toca el turno de hablarle al melón sobre nuestra amiga no escatimamos en elogios, el cielo es el límite para describir todas sus virtudes y cualidades. Las mujeres al hablar de nuestras amigas tendemos a ver solo lo positivo, por lo que ni siquiera tenemos que minimizar sus defectos ya que estamos seguras de que ella NO TIENE defectos. Ella es la hermana gemela de Gisele Bundchen, tiene el corazón de la madre Teresa de Calcuta, la dignidad de Lady Di, la inteligencia de la Bachelet, el estilo de Rania y el talento de Shakira. Por supuesto estamos tan convencidas de todo esto que la publicitamos con absoluta seguridad y sinceridad. Ella es una chica 10 y que nadie ose decir lo contrario o le saltaremos encima con toda la furia de nuestros estiletos.

Una vez que convencemos a las partes interesadas y debido al hecho de que ambos no se conocen, se produce la típica salida en grupo. Por un lado, a nuestra amiga le dará seguridad salir en grupo para no tener que afrontar sola la casi siempre incomoda primera cita; mientras que por otro lado, nosotras podremos asegurarnos del éxito de nuestro enganche.

Desde este momento nuestra amiga se convierte en nuestra víctima. Como las celestinas tendemos a volvernos muy entrometidas en este contexto, nuestra pobre e inocente amiga tendrá que sufrir toda la noche nuestras constantes y seguramente incómodas acotaciones. Le daremos codazos, miradas exageradas y todo un abanico de señales muy poco discretas que le harán rogar a la tierra que la trague. Luego nos convertiremos en su vocera oficial y agente de prensa, respondiendo por ella a todas las preguntas y sugiriéndole que cuente todas aquellas anécdotas e historias que creemos la harán lucirse frente al melón. De seguro no se salvará de tener que escuchar como si ella no estuviese allí, la historia completa y comentada de su vida relatada obviamente por nosotras y que de seguro revelará miles de detalles que ella hubiese deseado omitir. Como estamos tan poseídas contándole al melón lo maravillosa que es nuestra amiga, e intentando convencerlo de que ella es su media naranja, no nos percataremos de las miradas asesinas que ella nos lanza con la intención de que cerremos la bocota. Como broche de oro vendrán las constantes insinuaciones románticas e indirectas que lanzaremos al aire con la intención de crear el clima ideal para que prenda nuestro injerto.

Tras la cita estaremos más ansiosas que nuestra amiga/víctima por saber el resultado del enganche. Si el melón se borra (que es lo más seguro) sacaremos a relucir todos los detalles negativos que habíamos omitido mencionar a nuestra amiga con anterioridad. Así el chico emprendedor y de buena familia pasará a ser el looser más rasca de la historia, convirtiéndose inmediatamente para nosotras en el ser menos deseable del mundo, una mezcla de Hitler, Osama Bin Laden y Lugo. Pero si la que decide borrarse es nuestra amiga…. ¡Arderá Troya!
¡Ay de ella si se queja del melón! Nos ofendemos y la tachamos de malagradecida pensando en todo el trabajo que nos costó conseguirle ese melón cuando no tenía ni un solo perro que le ladre y todo el esmero que pusimos en vano para asegurar el éxito del enganche. En vez de comprender que en realidad el melón no era la opción más apropiada para ella, y debido a que estábamos absolutamente convencidas del éxito de nuestro experimento, nos precipitaremos a catalogarla de exigente, incoherente, necia y ciega, cuando en realidad el único ciego en esta historia fue nuestro Cupido interior que estaba fatalmente predestinado a errar todas y cada una de sus flechas amorosas.

MORALEJA: Cuando empiece a aletear su Cupido interior, IGNÓRENLO. Recuerden que se trata de un enano rollizo y flácido con el cual estoy segura no querrán tener nada en común.

03 febrero 2010

Guapa: La Servihá Paraguaya


Hay una palabra muy frecuente en el léxico paraguayo que en usada en el contexto local me produce una intensa irritación. Se trata del adjetivo guapa que en nuestro país no se usa como sinónimo de linda, sino como sinónimo de hacendosa. Lo que me irrita de esta significación local es que engloba muchos atributos que me parecen sumisos y retrógrados en la mujer. Una mujer guapa en Paraguay no es la que sobresale en el mundo intelectual o empresarial, sino aquella que lo hace en los quehaceres domésticos. Es la que sabe tejer, bordar, cocinar, lavar, planchar y sobretodo “atenderle bien a su marido.”

Este adjetivo engloba todo el machismo reinante en nuestra sociedad. La guapa es la mujer factótum. Aquella que se encarga de la casa, de los niños, la que se tiene que ingeniar para proveer un ingreso para la familia, y aún así encuentra tiempo para cebarle el tereré al zángano de su marido o concubino; quien, mientras ella se partía en cinco para encargarse de todo el universo doméstico, se pasaba el día entero echado panchamente en una hamaca.

Por supuesto que este cumplido NUNCA me lo dirigen a mí. Cuando empiezan a hablar de lo guaaapa que es Fulanita, que cocina como los dioses y hace mermelada y chutney de todos los mangos que caen en su jardín durante el verano y que ella misma recoge mientras riega las plantas, o de lo guaaapa que es Menganita, que borda, teje, hace crochet y zurcido invisible; y por supuesto, de lo reeeeguaaapa que es Zutanita que le atiende taaan bien a su marido… al dirigirse a mí, por supuesto empiezan a cantar todos los grillos del barrio para llenar el incómodo silencio.

Yo no soy guapa….ya que soy una inútil total en lo que respecta a las labores domésticas. La ropa que plancho termina más arrugada que frenada de gusano. Cuando cocino quemo hasta el agua y no tengo ni ritmo al barrer ni al repasar (de hecho, ¡no se ni de que lado se agarra la escoba!) En lo que respecta a la costura, no se ni como pegar un botón y sinceramente mi falta de talento se extiende a todo tipo de manualidades. Y no es mi costumbre “atenderle bien a mi marido” ya que puede bien cebarse el tereré solo o planchar el mismo sus camisas como corresponde.

Si mi vida se redujera a las famosas historietas de Quino, yo jamás sería Susanita, sería por supuesto una Mafalda perfecta. Mafalda representa a todas las mujeres que soñamos con ser independientes y exitosas en nuestra profesión, sin sentir la necesidad de tener un hombre a nuestro lado para estar completas y mucho menos servirle a ese hombre como si fuese nuestro amo y señor.

A mí no me molestan las mujeres guapas, lo que me molesta es todo el machismo agazapado que se esconde detrás de este adjetivo y su acepción local. No se si escucharon alguna vez la polka de Clementino Ocampos “Kuña Guapa”. Aquí transcribo unos versos traducidos por Lino Trinidad Sanabria. La polka empieza así:

Ya los gallos cantarinos llaman al amanecer,
levantándote mujer quiero verte trajinar.
Movimiento sin cesar que engalane tu existir
una escoba danzarina que anteceda al cocinar.


Luego continúa haciendo un elenco de las múltiples labores de la kuña guapa y hacia el final de la polka remata con estos versos:

Y la tarde a concluir tu misión has de cumplir
de tus manos beberé delicioso “tereré”
Hacendosa como eres mis tesoros cuidaras,
y mañana frente a Dios nuestras vidas se unirán.


No se a que mujer le habrá querido homenajear con esta polka, pero en definitiva fue una Susanita y no una Mafalda. Mafalda jamás le cebaría el tereré a su marido, lo sacudiría de la hamaca hasta echarlo al piso gritándole: “¡No soy una mujer a tu disposición!”

Las kuñas guapas paraguayas tienen muchísimo valor y no es mi intención desmerecerlo. Lo que me molesta es que en nuestra sociedad, todavía se engalane a la mujer como una diosa doméstica y un ser servil a disposición de su pareja, un ser lleno de responsabilidades y privado de derechos; un ser que lleva adelante a la casa, a los hijos, a la pareja, al país y aún así queda relegado a servir. La guapa de estos versos es una servihá (la que sirve) otro adjetivo odioso del léxico local, empleado por muchos paraguayos para referirse a sus hacendosas mujeres. (Esto siqué nuuunca me dijeron, porque ahí en el acto devolvería la gentileza con un merecido bife).

Por suerte hay muchas mujeres “no-guapas”, muchas Mafaldas que trabajan a la par que sus parejas y que no tienen inculcado en su interior esa actitud servil hacia ellos. Hay muchas Mafaldas que si bien no reciben el cumplido de “guapa” saben que son mucho más que guapas.

Pesadillas de una Noche de Verano


Llega el verano y con él el calorcito, el solcito, las deliciosas tardes en la pileta y las tan esperadas fiestas. Si bien todas estas cosas nos producen una innegable ilusión, tendemos a olvidar que el verano húmedo de nuestro querido Paraguay tiene el mismo efecto devastador en nuestro glamour que un tsunami en el sudeste asiático.

En primer lugar está la transpiración. No hay nada tan poco glamoroso como la sudoración veraniega. Por más de que te compres el stock entero de antisudorales del súper, la naturaleza vencerá y terminarás tan transpirada como Rocky Balboa tras su último round contra Apollo Creed. Nuestro país no tiene clima subtropical, esto es solo un eufemismo que inventó la Secretaría de Turismo para no espantar a los turistas, la triste realidad es que aquí en el verano tenemos clima de sauna y basta.

La transpiración tiene cuatro efectos catastróficos en nuestro glamour. El primero de ellos son las manchas de sudoración. No hay nada más espantoso que encontrarse en el medio de una fiesta veraniega en la cual los anfitriones no tuvieron la decencia de proveer un ambiente climatizado, con un babero de sudor sobre el pecho y dos repulsivas manchas húmedas bajo las axilas. Sin aire acondicionado en nuestro verano no hay elegancia que aguante.

El segundo efecto sudorífico es el del efecto del pegoteado textil. Un típico ejemplo de esto es el caso de aquel vestido de seda que te conquistó desde la vidriera como si el mismo George Clooney te estuviera mirando a los ojos diciéndote con ellos: “tengo que ser tuyo”….y que ni bien lo estrenas en una de las tantas fiestas veraniegas, se adhiere como chicle a tu piel gracias al sudor que te produce el insoportable calor, la humedad y el hacinamiento.

El tercer efecto es el atentado a nuestro Make-up. Estoy segura que Faby Rojas y Sabry Ayala las mega regias ultra glamorosas artistas del maquillaje tiemblan cada vez que sus impecables clientas van a una fiesta hacinada y terminan con uno de estos efectos producidos por nuestro inclemente verano: las ojeras panda y la base pasada por agua. El primero ocurre cuando el sudor de nuestras frentes tras horas de baile al aire libre empieza a chorrear arrastrando con él una espesa masa de delineador y máscara que nos dejan dos tétricas ojeras negras bajo los ojos. El segundo ocurre cuando bailar al ritmo de la noche te dejó chorreando como si estuvieras en una clase de spinning y la base empieza a flotar por en cima de las gotitas de transpiración que salen de tu rostro. Lo más patético de esto es que la más probable es que tu mirada de panda junto con tu base cuarteada terminará estampada en las doscientas fotos que cargarán todas tus amistades en el Facebook.

El cuarto efecto sudorífico es el último y el peor de todos. Como nosotras somos regias y en el verano nos bañamos 4 veces al día generalmente este efecto proviene de terceros pero nos afecta directamente. Estoy hablando del efecto koatí producido por bailar ininterrumpidamente en discotecas hacinadas cuando los efluvios corporales colectivos empiezan a unirse dramáticamente en un punzante y absolutamente desagradable aroma que por nuestras latitudes llamamos katinga.

Nuestro look capilar tampoco se salva. Por más de que hayas empeñado tus joyas y vendido tus riñones para hacerte el alisado asiático que te garantizó tu peluquero de confianza que aniquilaría para siempre a tus rebeldes rulos; la humedad terminará indudablemente revolucionando a cada uno de tus rulos sometidos por el alisado generando una sublevación frizz bolchevique en tu cabellera.

Lo más irónico de todo esto, que en el país de Itaipú los veranos se caracterizan no solo por el calor, sino también por los infaltables apagones y bajas tenciones que terminan dejándonos sin el único alivio que hace sostenible las noches paraguayas: el aire acondicionado. A pesar de haber hipotecado la casa para comprar la última tecnología en lo que respecta a climatización, el Split fantástico que te hace dormir con frazadas en pleno verano, y pagar las subsecuentes elevadísimas cuentas de Ande, terminamos recurriendo al viejo ventilador de la abuelita que es el único que resiste a todos los cortes y apagones.

Si el apagón nos sorprende en una fiesta no nos quedará otra que implementar el antiguo y siempre fiel abanico system. Tengo una amiga que es una auténtica girl scout siempre lista a la hora de sacar el abanico. A pesar de estar a años luz de ser una abuelita, lo lleva siempre en la cartera y no duda en sacarlo cada vez que el calor empieza a amenazar a su glamour, generando envidia en todas sus amigas menos precavidas que ya están empezando a mostrar los primeros síntomas de deterioro subtropical. Ella fue mi inspiración y mi salvación ya que desde que la vi aireándose regiamente con su abanico español decidí implementarlo hasta en la pista de baile al más puro estilo Locomía.